El cerebro de Buda

Durante el periodo evolutivo hemos ido desarrollando una serie de mecanismos que nos han permitido sobrevivir, pero hoy en día no parecen ser eficaces para enfrentar y superar los desafíos cotidianos y las posibilidades vitales que se nos presentan. Más bien todo lo contrario, hoy en día la frase "estoy muy estresado/a" se escucha con frecuencia y las tasas de abandono a nivel escolar y laboral cada vez aumentan más a causa de la desmotivación y del estrés.

Presentarnos a un examen o a una entrevista de trabajo, correr a coger el autobús, la presión social ante un posible fracaso, la pérdida de empleo, escapar de alguien o una situación que nos amenaza, etc. Todas estas circunstancias nos generan estrés, ansiedad y miedo y producen la activación del sistema nervioso simpático. El sistema nervioso simpático es la parte del sistema nervioso autónomo que se encarga de activar al organismo en situaciones de estrés. Cuando se presenta una situación de estrés, las glándulas suprarrenales, ubicadas encima de los riñones, tras recibir la señal del hipotálamo, liberan una serie de hormonas, entre las que destacan la adrenalina y el cortisol, siendo esta última la que tarda más tiempo en desaparecer del cuerpo, para activarnos y prepararnos para responder.

En realidad, lo trepidante de este asunto es que en nuestro día a día ya no somos conscientes de la gran cantidad de situaciones tanto reales como imaginarias (pensamientos negativos, preocupaciones, etc.) que producen la activación constante del sistema nervioso autónomo para preparar al cuerpo para situaciones de "lucha" o "huída", lo cual es antinatural y perjudicial para nuestra salud. 

Las consecuencias del estrés excesivo y/o crónico sobre la salud son innumerables, puesto que afecta adversamente al sistema inmunitario, al sistema cardiovascular, al sistema neuroendocrino y al sistema nervioso central y puede generar problemas de memoria y aprendizaje, producir cambios en el apetito (aumentarlo o disminuirlo), interferir en la cantidad y calidad del sueño, producir trastornos del estado de ánimo, acelerar el proceso de envejecimiento, etc.

Por tanto, ¿están actualmente nuestros mecanismos de supervivencia ayudándonos? La respuesta es clara, estos mecanismos con frecuencia nos suponen un gran inconveniente. Concretamente, la neurología y neuropsicología actual sostienen que se pueden contrarrestar estos mecanismos automáticos aplicando técnicas sencillas que se desarrollaron hace 2.500 años, las cuales nos permiten bajar el nivel de estrés, cambiar nuestro modus operandi en la vida y, en consecuencia, mejorar nuestra salud tanto física como mental, así como vivir más felices. 

Un ejemplo de ello es Matthieu Ricard, monje budista que fue bautizado como el "hombre más feliz del mundo" después de un estudio neurocientífico llevado a cabo por Richard Davidson (Universidad de Wisconsin) en el 2004 sobre la meditación y la felicidad. Dicho estudio buscaba medir los efectos de la meditación en el cerebro. Para ello, se le colocaron 256 sensores en su cabeza mientras Matthieu Ricard meditaba. Los resultados en resonancia magnética mostraron un córtex prefrontal izquierdo anormalmente activo, indicativo de una inusual capacidad para percibir felicidad y emociones positivas y poca propensión a los estados de ánimo depresivos. La literatura neurocientífica no había registrado hasta entonces los niveles que alcanzó Matthieu Ricard, por tal motivo, le llamaron "el hombre más feliz del mundo".

Se han seguido investigando los beneficios a nivel cerebral y psicoemocional de esta técnica y los resultados de estas investigaciones han permitido retomarla a nivel científico e incluso considerarla por el neurocientífico Wolf Singer "un proceso cognitivo sofisticado", por el cual "las capacidades cognitivas del cerebro se aplican a estudiar su propia organización y funcionamiento" (Ricard & Singer, 2018). Además, en los encefalogramas realizados a los monjes budistas, durante la  investigación llevada a cabo por el equipo de la Universidad de Wisconsin, se encontraron que sus cerebros generaban ondas gamma de gran amplitud (la amplitud de las ondas gamma que fueron recogidas a algunos de los monjes son las mayores registradas en la historia en un contexto no patológico), lo que refleja mayor capacidad de memoria, atención, procesamiento de la información, aprendizaje y consciencia de uno mismo.

Por todo lo expuesto anteriormente, os recomiendo la lectura del libro "El Cerebro de Buda. La neurociencia de la felicidad, el amor y la sabiduría" del psicólogo Rick Hanson y el neurólogo Richard Mendius y la práctica de la meditación diaria para comenzar a sentir sus efectos positivos en el cerebro y en vuestra vida y alcanzar el bienestar físico y emocional tan deseado. También os recomiendo la visualización del documental llamado "La revolución altruista", dirigido por Sylvie Gilman y Thierry Vincent de Lestrade (disponible en Netflix), donde podemos ver al mismo Ricard y Richard Davidson dando testimonio de los resultados del experimento realizado y de lo urgente de promover la práctica de la meditación como una de las medidas necesarias para alcanzar uno de los objetivos clave de nuestro desarrollo educativo, el interponer un paso evolutivo no automático entre los objetos causativos y las respuestas emocionales. Al hacerlo, modelamos nuestras respuestas emocionales naturales y las adaptamos a los requerimientos de una cultura determinada (Damasio, 2003).

Por consiguiente, no debemos obviar que el modo en que el cerebro se adapta al ambiente es un proceso de desarrollo, el cual también se puede considerar una forma de reprogramación que conlleva múltiples beneficios.

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